Ropa interior, tirantes, manga larga, manga larga (la combinación de colores daba igual), pañuelo grande que hacía de jersey fino, chaqueta y abrigo. Tiritaba de frío mientras esperaba un taxi, que no llegaba, que no llegaba. Pensé que tal vez el taxi sí que llegaba pero que el problema era que no me levantaba y peleaba por coger uno. Una chica se había tirado a las vías del tren en la estación, lo mismo que un chico unas paradas más allá hacía escasos minutos. Feliz Navidad.

[Un tropel de hormigas de repente (visto desde muy arriba)...]
Tal vez un tropel de hormigas que pasaban unas por encima de otras formando un río de agua apretujada (o así debía de verse a unos 10 mil pies de altura)...
Tal vez ese tropel de hormigas que pasaban unas por encima de otras, que pisaban y posaban por si acaso llegaba algún fotógrafo de la prensa y les sacaba una foto para luego decir "Mari, no me ha tocao la lotería ¡pero salgo en el periódico!"...
Tal vez ese tropel de hormigas que mordían y se quejaban [que si no es mi culpa que la pobre muchacha se haya tirado, que si por qué no vienen más autobuses, que vaya organización, que si para qué pago yo impuestos, que si oiga esto es una anarquía] eran una excusa para que el tiempo se parara para mí. Más que el tiempo lo que se pararon fueron mis ideas que se congelaron sin querer. Viví una de las mejores sensaciones que una puede experimentar tal día como aquél en el que crees que no llegas viva al minuto siguiente y en el que pides perdón a quién sabe quién por pensar en eso a pesar de la chica de las vías que hay detrás de ti.
Tanto ir y venir y de repente, ¡todo el mundo quieto! Silencio... Parecía no haber nadie, parecía ser domingo, puente, verano; se asemejaba al desierto, excepto por la arena (que no había) y los pisos (que había demasiados), por lo del agua era bastante similar. De repente lo vi, y lo sentí. El reloj marcaba 8 grados centígrados, qué importaba la hora. Lo vi. El ocho se transormaba en el nueve poco a poco, con la delicadeza con la que un director de orquesta dirige su coro, con la delicadeza con la que apretas la mano de quien tienes al lado en una ópera, sabiendo que no vas a volver en mucho tiempo, con la delicadeza con la que te emocionas con una canción que no es pastelosa, con la delicadeza con la que respiras... Y yo sentí una ola de calor en mi cuerpo, y dejé de encontrarme mal y de tener frío. Por fin cogí el taxi sin silbar, sin llamarlo, casi vino a mí. "Le miré y vino a mí", imaginé.
Tal vez aquel tropel de hormigas insolentes volvió a su normal actividad de atropello. Yo, mientras, dormía en el taxi