A veces Eva echa de menos echar de menos el mar. Levantarse de la arena en la que se tumbaba e ir a probar el agua, a ver qué tal está.
Eva ya no piensa tanto en el mar y le da miedo quedarse seca. Ahora, de repente, todo es extraño. Recuerda la frase que se repetía en su cabeza desde que comprobó lo bien que le sentaba vivir en una ciudad próxima, despertarse temprano por las mañanas y oler a humedad, saber que quedaba a un paseo de distancia. "Cuando sea una abuelita me montaré un café-biblioteca que abriré cuando quiera. Y viviré al lado del mar".
Ella solo quiere saber que tiene el agua cerca. Por si algún día le apetece huir. En Madrid una no puede perderse aunque haya millones de rincones donde maravillarse, al final, Leganés siempre está ahí.
Eva ahora quiere huir y no sabe para qué sabe nadar, si aquí no lo necesita*
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miércoles, 28 de enero de 2009
La vida nos debe un desagravio
miércoles, 24 de diciembre de 2008
viernes, 18 de julio de 2008
Cada mañana
(Tú, sirena de cabello negro, a punto estás de perturbar la tranquilidad de la piscina más normal del mundo en una urbanización cualquiera de una ciudad cuyo nombre no importa)
Tus pies, mejor dicho, tus dedos, se asoman tímidos al borde como si tuvieran vértigo, el vértigo de todas las mañanas al empezar un nuevo día. La piscina, tierna pero distante, llevaba toda la noche esperándote. Sabía que volverías.
Solas tú y el agua.
Solas, el agua y tú.
Y tú le miras con recelo pero con hambre. Con el hambre de una osa en primavera. Te la comes, lo acabas de decidir. Justo antes de que tu piel roce el agua fría, justo antes de dejar de ser una mujer voladora para ser un pececillo naranja de rayas blancas, recuerdas el instante en que muere una hormiga... Recuerdas el silencio que escuchaste, igualito que el de ahora... Sonríes... Y es tu sonrisa la primera que se baña en el agua. Después son tus párpados cerrados. Y todo tu cuerpo se estremece del frío que deben de pasar los inuits en invierno.
Abres la boca y dejas que el agua te bese la lengua, los dientes y hasta las pupilas, porque acabas de abrir los ojos y todo lo ves de color azul. Ya estás nadando
El aire que guardas en tus pulmones -como quien guarda la herencia debajo del colchón- lo expulsas con fuerza por la nariz y las pompas que suben por tus ojos dirección el infinito, te dejan ver lo redonda y eterna que puede ser el agua a veces.
*La sensación de ser su desvirgadora oficial cada mañana
Tus pies, mejor dicho, tus dedos, se asoman tímidos al borde como si tuvieran vértigo, el vértigo de todas las mañanas al empezar un nuevo día. La piscina, tierna pero distante, llevaba toda la noche esperándote. Sabía que volverías.
Solas tú y el agua.
Solas, el agua y tú.
Y tú le miras con recelo pero con hambre. Con el hambre de una osa en primavera. Te la comes, lo acabas de decidir. Justo antes de que tu piel roce el agua fría, justo antes de dejar de ser una mujer voladora para ser un pececillo naranja de rayas blancas, recuerdas el instante en que muere una hormiga... Recuerdas el silencio que escuchaste, igualito que el de ahora... Sonríes... Y es tu sonrisa la primera que se baña en el agua. Después son tus párpados cerrados. Y todo tu cuerpo se estremece del frío que deben de pasar los inuits en invierno.
Abres la boca y dejas que el agua te bese la lengua, los dientes y hasta las pupilas, porque acabas de abrir los ojos y todo lo ves de color azul. Ya estás nadando
El aire que guardas en tus pulmones -como quien guarda la herencia debajo del colchón- lo expulsas con fuerza por la nariz y las pompas que suben por tus ojos dirección el infinito, te dejan ver lo redonda y eterna que puede ser el agua a veces.
*La sensación de ser su desvirgadora oficial cada mañana
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